Asociación Torrijos 1831 06/05/2026
Una año más, Madrid se ha llenado de actos para conmemorar el histórico 2 de mayo de 1808. Autoridades, asociaciones de recreaciones históricas y público, se suman para recordar aquel día tan significativo en la historia de nuestro país. Nuestra propia asociación, lo recreó en Málaga con sus propios y únicos medios en los años vinculados con el Bicentenario de la Guerra de la independencia, tal como se puede ver en el cartel superior. Tras los actos y recreaciones realizados anualmente en Madrid, aparecen los habituales titulares en los medios de comunicación, expresando que “el pueblo se levantó contra los franceses”, o “el vecindario luchó para defender a su rey enfrentándose a los invasores”, etc. etc. Sin embargo, se suele escribir poco, y profundizar menos, sobre las causas que llevaron a aquel 2 de mayo, así como de algunos hechos que dejan bastante malparadas a las autoridades españolas de la época.
Un rey que nunca tenía que haber abandonado su país.
Después de hacerse con la corona de España tras los sucesos del llamado “Motín de Aranjuez”, provocado por el propio príncipe Fernando; el ya rey Fernando VII se propuso como objetivo principal, ser reconocido como monarca por el emperador Napoleón Bonaparte, pero el francés estaba muy lejos de otorgarle tal merced. Para explicarle tal decisión, Napoleón le pidió que se entrevistara con él. Desde un primer momento, el miedo ya se metió en el cuerpo a Fernando, y muy asustado no se resistió a la urgente llamada del emperador. Sin embargo, el aviso preventivo de sus intenciones ya se lo había dado Murat en Madrid: “Napoleón no lo reconocerá como rey”. Sabía de sobra lo que iba a suceder. Ya en ese momento, el recién estrenado monarca debería haber pensado en alternativas para escapar a zonas no controladas por los franceses y en las que hubiera núcleos importantes de tropas españolas (que los había); pero sumiso y miedoso, en vez de ponerse al frente de sus regimientos, que entonces todavía estaban completos, con sus cuadros orgánicos y bien pertrechados, se sometió al general francés Savary, marchándose con él a Burgos, donde se le había prometido la entrevista con Napoleón. Pero cuando llegó a la capital burgalesa, el 10 de abril, el emperador no estaba allí. Savary le hizo entonces avanzar hasta Vitoria. En ese espacio tuvo alguna buena oportunidad para escapar, pero su cobardía de nuevo se lo impidió. Incluso en Vitoria tuvo la mejor de las opciones para escabullirse de su escolta francesa, bien aconsejado por Mariano Luís Urquijo. No debemos de olvidar que sólo tres meses después, las tropas españolas vencieron a los franceses en Bailén (19 de julio), lo que obligó a una retirada general francesa tras la línea del Ebro, momentos decisivos en los que hubiera sido muy importante, y necesario, contar con la presencia del rey en España, pero claro a este le faltó ante todo tener valor propio. Así, muy sumiso, penetró en Francia, y el 20 del mismo mes cenó con Napoleón en Bayona. Allí de nuevo pudo confirmar lo que Murat le había expresado en Madrid: que el emperador no lo iba a reconocer como rey de España. El 5 de mayo, se llevó a cabo la renuncia de la Corona española por parte de Carlos IV, que la vendió por treinta millones de reales como renta (no olvidemos que entonces España era propiedad de una familia, la del soberano, y como era suya la vendió), y al día siguiente, Fernando realizó la renuncia a una Corona que, curiosamente, ya no tenía. Eso sí, desde su puesto de “prisionero” expediría por conducto secreto y seguro dos decretos, que entregó a Evaristo Pérez de Castro para llevarlos a la Junta y al Consejo, mandando iniciar la guerra (curiosamente sin él estar al frente de la contienda y sin correr riesgos, ningún riesgo en un campo de batalla o en cualquier otro tipo de enfrentamiento), cuando se constatase su definitivo internamiento en Francia. Y es ahí cuando las tropas españolas y el pueblo se lanzan a la lucha para expulsar a los franceses, arriesgando vidas y bienes, para devolverle a Fernando su Corona absoluta, a costa de millares de muertes, hambrunas y enormes sacrificios, quedando el país arrasado y esquilmado, de norte a sur, por los desastres de una guerra que duraría seis años. Nada que ver con la situación que en ese periodo de tiempo vivió el “desheredado” en su “prisión” de Valençey (Francia): buenas comidas, paseos agradables por los jardines, bordando, leyendo, durmiendo en una excelente cama…, y lo peor: felicitando a Napoleón por alguna de las derrotas que nos infligió a los sufridos españoles, entre 1808 y 1814. Abyecto hasta el final, Fernando solicitó a Bonaparte ser su hijo adoptivo. Aquí está su carta: “Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano. Yo me creo merecedor de esta adopción que verdaderamente haría la felicidad de mi vida, tanto por mi amor y afecto a la sagrada persona de S. M., como por mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos”. «Mi sumisión y entera obediencia a sus intenciones y deseos…” Conviene recordar que a lo largo de la historia de España ha habido prisioneros importantes, y muchos otros sin renombre alguno, que han mostrado mucha dignidad en su prisión, y no han sido abyectos pese a los estados degradantes e inhumanos a los que fueron sometidos. Aquella petición fue realmente miserable, y define en gran parte de la personalidad de Fernando VII. No, no mereció la muerte de nadie del pueblo español aquel funesto personaje de nuestra historia. Nunca la mereció, para desgracia de los miles que cayeron. Pero veamos ahora cómo se canalizó el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808.
El intento de reproducir “un segundo motín de Aranjuez”.
En realidad, el levantamiento de Madrid contra los franceses para el 2 de mayo de 1808, no fue espontáneo. Gente vinculada con Fernando VII (algunos de ellos habían participado directamente en el motín de Aranjuez), prepararon la insurgencia. Los historiadores españoles más solventes están de acuerdo en esta presencia de agitadores fernandinos en Madrid, ya el 1 de mayo, dispuestos para efectuar al día siguiente una repetición ampliada de lo que les salió tan bien en Aranjuez, unos meses antes. Entre estos agitadores del propio Madrid, había forasteros procedentes de los Reales Sitios. Todos unidos ellos unidos en su complot. Está probado que el cerrajero Blas Molina Soriano, era amigote del Fernando desde hacia tiempo, un miembro de la camarilla fernandina (que no excluyó, ni antes ni después, a menestrales y a otros personajes populares, compañeros de andanzas y diversiones). Molina fue el principal agitador en la Plaza de Oriente, en los primeros y decisivos momentos de aquella mañana. La mayor parte de la gente del pueblo que se echó a la calle, desconocía que las tropas españolas tenían orden de no salir fuera de los cuarteles, y que, por tanto, no serían defendidos; igual que ignoraba el poderío real y el aplastante número de las fuerzas francesas que podían intervenir. Ambas cosas, tendrían fatales consecuencias para muchos de ellos.
Envueltos en las calles se vieron agitadores, y también personas transeúntes que, sin saber bien por qué, se vieron atropelladas por las cargas francesas. A veces, esas imágenes no han sido bien retratadas en documentales y películas, y se dan impresiones y tópicos excesivos, muy alejados de lo que fue aquella realidad, sin duda dramática.
Las autoridades civiles, la nobleza, la aristocracia y los altos cargos militares, no movieron un dedo por la gente que hizo frente a las tropas imperiales, ni tampoco la cúspide de la Iglesia. Ejemplo de dignidad sí fueron, el capitán de artillería Pedro Velarde, su compañero Daoiz y los pocos efectivos militares y civiles que se les sumaron en la defensa del Parque de Artillería de Monteleón; y también, aquellos madrileños que, en pequeños grupos y muy en desventaja, se enfrentaron a los franceses en diferentes puntos de la capital del reino. Goya, en sus dos grandes cuadros sobre el 2 de mayo, fue rotundo en su mensaje para la eternidad: sólo retrató a la gente del pueblo enfrentándose con los franceses.
Sangre derramada por devolverle a un rey su corona absoluta.
En uno de nuestros viajes a Madrid, tuvimos la oportunidad de visitar el pequeño cementerio de La Florida, lugar donde están enterrados cuarenta y tres de los fusilados en aquella madrugada del 3 de mayo de 1808, por órdenes del general Murat. En ese recoleto lugar, uno puede meditar en silencio, si una sola gota de sangre de aquellas víctimas mereció la pena para devolverle su corona absolutista al detestado Fernando VII, que a lo largo de su nefasto reinado hizo tanto daño a nuestro país, condenando a prisión y muerte a muchos inocentes, especialmente durante la Década Ominosa (1823-1833). Aquella pobre gente, que murió entre los días 2 y 3 de mayo de 1808, ignoró siempre lo que ocurrió en Bayona el 5 de mayo (sólo dos días después), cuando se llevó a cabo la renuncia de la Corona española por parte de Carlos IV, vendiéndole éste al emperador nuestro país, por treinta millones de reales como renta, por ser España de su absoluta propiedad. Al día siguiente, fue Fernando el que realizó la renuncia a la Corona, por lo que dejó de ser rey de España. Ahí se hundió, por su propio vacío interior, el Régimen absoluto español; especialmente, por la cobardía mostrada por sus dos más altos representantes: Carlos IV y el futuro Fernando VII. Previamente, Carlos IV le había dicho a su hijo Fernando: “Arrancándome la Corona (en el motín de Aranjuez), habéis deshecho la vuestra quitándole cuanto tenía de augusta”. Una frase que lo define todo. Por otra parte, el primer golpe de estado en España propiamente dicho, en formas y fines, para abolir nuestra primera Constitución, que está recogido en nuestras grandes enciclopedias históricas, lo llevó a cabo el propio Fernando VII con el famoso decreto de 4 de mayo de 1814, y con un contingente militar deteniendo y encarcelando en Madrid a los miembros de las Cortes y la Regencia, cuando ambas instituciones, con lo plasmado legalmente en el articulado de la Constitución, le habían devuelto a Fernando su corona; sí, aquella a la que, con su cobardía habitual, había renunciado ante Napoleón.
Datos de la Asociación Histórico Cultural Torrijos 1831.
Tipo de Asociación: cultural, dedicada a la investigación histórica, y recreadora en sus actuaciones en público para exponer los hechos que representa. Ámbito de actuación: regional, recogida en el Registro de asociaciones de la Junta de Andalucía. Inició su periodo constituyente en el año 2002, siendo legalizada en 2003. Fue un proyecto original desde el principio, pues en España no se había creado anteriormente una Asociación sobre el personaje histórico de José María Torrijos y Uriarte, héroe de la Guerra de Independencia y defensor de las libertades y derechos constitucionales frente al poder absoluto del reinado de Fernando VII. Original en las formas, dedicación y fines, que recogen sus estatutos, cimentando sus antecedentes en los precursores que trabajaron sobre el personaje de Torrijos en la provincia de Málaga, en las décadas de los años ochenta y noventa del siglo XX y primeros años del XXI.
Como colectivo de recreaciones históricas, es el más antiguo de las dedicadas al siglo XIX, en Andalucía. En cuanto a las representaciones relativas a la Guerra de la Independencia en las que participa la Asociación, la recreación insignia, creada en 2007, es el “Regimiento de Infantería de Málaga”, unidad titular de Málaga que, salvo un periodo de disolución, tuvo vida castrense desde 1701 a 1893, siendo su historial heredado por el Regimiento Melilla en sus diferentes numeraciones, y que fue disuelto en Málaga, en 1985. Para entrar en su historial y actividades: regimientodeinfanteriademalaga.blogspot.com
Correo de Contacto: asociacióntorrijos1831@gmail.com También. A través del mismo se solicitan las visitas concertadas al Centro de Interpretación Histórico José María Torrijos (Refectorio), en el barrio de El Perchel de Málaga. Teléfono de contacto: 952234039. Página web: www.torrijos1831.com